Testimonio para Marta

¡Hola Marta!

Siento que quiero agradecerte el inmenso regalo que está siendo para mi, aquello que tú me ayudaste a encontrar.

Fue un 16 de septiembre cuando te vi por primera vez, debían ser sobre las 9 de la mañana. Empecé a subir las escaleras de aquel pintoresco edificio público. El ambiente estaba saturado de bullicio: de hombres y mujeres de todas las edades que subían, bajaban, se sentaban y hablaban con mucho entusiasmo. Eran esos aires de comienzo, de expectativa, de reencuentro, cuando la emoción se palpa en el aire. Todo era nuevo y yo sentía unas ganas tremendas de empezar, de probar, de encontrar aquello que llevaba tanto tiempo buscando, ¿podría al fin ser aquello? Fue ahí cuando te vi ya en el segundo piso, sentada en un banco, me parece recordar que cruzada de piernas con un cuaderno y un lápiz en las manos. Era allí, nada más subir, en un gran banco de madera, esa imagen quedó grabada en mi. Me llamaste mucho la atención, Marta, y eso que había mucha gente alrededor, mucha gente que buscaba justamente llamar la atención a través de su ropa o de exagerados gestos y tonos de voz. Tú sin embargo, me llamaste la atención por otra razón, una razón mucho más fuerte, potente y trascendente, que con el tiempo pude comprender gracias a que justamente tú me ayudaste a encontrar aquello que yo buscaba y ya estaba en ti.

No fue en realidad aquella la primera vez que nos vimos. Hubo otras anteriores, intuyo que incluso más de las que recordamos, porque me doy cuenta, Marta, de que llevaba toda la vida anhelando aquello que ibas a compartir conmigo. Lo buscaba desesperadamente, inconscientemente, indiscriminadamente, metiéndome en mi afán por encontrar, hasta en los más oscuros charcos de lodo. Siento que tal vez habría sido mejor encontrarte aún antes, porque te encontré pronto, y sin embargo en ese tiempo antes de encontrarte, ya me había enredado con hombres inconscientes, violentos, egoístas y masturbatorios, a los que yo elegía en una terrible angustia para llenar el vacío que sentía en mi interior. Cada una de esas relaciones significó una estaca dentro de mi, sumada a toda la demás angustia que absorbía de mi alrededor (mi drama familiar, amistades hipócritas, mentiras, condescendencia…) y que en mi cuerpo se iban acumulando en forma de un terrible bloqueo. Me dijiste que veías una gran tristeza en mi en aquellos primeros encuentros, yo entonces no lo veía, ¿cómo iba a darme cuenta, si en realidad todo lo que hasta entonces conocía reflejaba esas mismas caras lánguidas y carentes? Sin embargo, Marta, nos encontramos. Ahora puedo empezar a verme como me veías tú, puedo sentir cómo era antes, porque toda esa basura empezó a salir de mi a partir del momento en que tú me tendiste la mano, y uniste la mía con la del hombre que también a ti te estaba sanando.

Oh Marta, ¡muchas gracias! Me siento tan bien ahora, tan nutrida, amada, plena, contenta… Cada vez queda más atrás esa vieja tristeza, esa vieja mujer angustiada y aprensiva que era, y siento de mi nacer una mujer nueva, plena y gozosa, dispuesta también a tender la mano a otras mujeres para que se unan a nuestro gozo. ¡Es tan fuerte lo que estamos recibiendo! Y lo mejor es que es infinito, pues la energía del hombre que nos ilumina es inmensamente abundante como la de un gran sol. Siento que lo mejor es, además, que cuando nos hermanamos, cuando nos tendemos la mano entre mujeres, esa abundancia nos llega aún mejor. Se disuelve la vieja rivalidad entre nosotras, el codazo, el taconazo, cuando comenzamos a comprender que la abundancia que a todas nos llega de ese hombre, nos llena plenamente desde el primer instante. Lo que otras mujeres reciben comienza a significar una enorme dicha para nosotras mismas, porque nos solidarizamos, y empezamos a sentirnos realmente contentas con el contento de la otra, se convierte en nuestro propio contento. Así es también como me estoy empezando a sentir yo contigo, Marta, porqué además tú compartiste conmigo, y si no fuera por eso, ahora podría seguir pudriéndome en la carencia. Porque carencia es de lo que él nos libera, de ese estado de neurosis a la defensiva, del miedo que supone el creer que podemos perder, porque él ya nos lo ha dado todo, desde la primera mirada, y cada nueva mujer que también recibe es una aliada y compañera de gozo, como podemos ser tú y yo ahora. Marta, me doy cuenta de que eres mi primera amiga real, la primera mujer con la que puedo ser plenamente sincera, con la que puedo compartirlo todo: viejas cargas que aún salen y también la dicha, porque ambas estamos compartiendo lo más sagrado.

Tal vez le resulte difícil imaginar a una mujer que escucha esto de primeras, que un hombre así, tan plenamente consciente y luminoso, pueda realmente existir, que esté dispuesto a donarnos su energía amorosamente en cuerpo y alma y que podamos recibirla hermanándonos entre mujeres. A mi también me costaba cuando comenzaste a hablarme de él. No me imaginaba cómo podría ser, porque nunca había visto nada semejante, ni de lejos. Todo lo que había vivido habían sido relaciones frustrantes con hombres perdidos como estaba yo, que me chuleaban y movían una gran dependencia en mi. Algunos me hacían sentir utilizada, como un objeto, y a otros trataba yo como peleles incompetentes. Nunca había conocido a un hombre al que realmente respetara y en el que sintiera que pudiera confiar plenamente. Por eso al principio me mostraba un poco reacia a lo que me contabas del hombre que tanto te había ayudado, me parecía una patraña, una ilusión, amor platónico, porque era eso lo único que yo conocía. Sin embargo, sentía a la vez un impulso irracional, una fuerte intuición de que aquello que me contabas (aunque me pareciera imposible), era justamente lo que yo necesitaba, lo que llevaba toda mi vida buscando. Si hubiera sido por mi desconfianza y los tremendos juicios que emitía mi terca mente, nunca hubiera cogido la mano que me tendías. Siento que fue ese anhelo esencial de mujer, de recibir a un hombre, un hombre consciente, lo que desde dentro de mi abrió una grieta de vulnerabilidad. Fue así como te empecé a escuchar con mucho interés, porque lo que de él me transmitías, hacía vibrar algo en mi cuerpo de mujer más allá de los apegos viejos que aún mantenía. Fue así como también me atreví a acercarme a él cuando llegó el momento, por la plena confianza que me transmitía y sentía inequívoca. Era desde el cuerpo, un sentir muy fuerte, una clara intuición. No podía negar con la mente lo que en mi cuerpo tan nítidamente sentía.

¡Cómo me alegro de haberme atrevido, Marta! Ya se ha dado tanto desde ese momento, siento que he soltado ya tanto de lo que me ofuscaba, de lo que me angustiaba y entristecía… Me siento ahora una mujer, cada vez más plena y segura, tomando las riendas de mi vida y la responsabilidad de mis decisiones. Ahora sé que puedo ser una mujer liberada y gozosa, pues hay un hombre que me transmite su incondicional confianza, y una hermana, una verdadera amiga con la que compartir de forma sincera y empática. ¡Gracias Marta, por compartir conmigo! Y gracias al hombre que lo está haciendo posible, porque sin él, siento que esto no habría siquiera empezado. ¡Gracias!

Un abrazo de gozo hermanado,

Amaya

… ¿Qué te ha parecido? Te animo a que tú misma compruebes con qué entusiasmo Amaya está sabiendo aplicar a sus creaciones la luminosa energía de su proceso sanador. En su página, Útero a Útero, Amaya muestra sus joyas y su proceso de trabajo, con comentarios sobre su simbolismo tan reveladores como este:

La lágrima liberadora

Me gusta llorar, porque cuando lo hago algo en mi se disuelve, se ablanda, se libera; mi rostro real empieza a emerger. La vieja prepotencia pierde fuerza cuando me permito ser vulnerable. A veces mis lágrimas han sido de rabia, de impotencia, de tristeza, de vacío… muchas veces me sentí perdida y sola en el pasado. Ahora sin embargo una inmensa dicha rebosa en mi, por haber encontrado aquello que siempre había anhelado en lo profundo: un hombre luminoso. Ahora mis lágrimas son liberadoras y lo son desde la abundancia, ya no desde la carencia. Ahora lloro de agradecimiento emocionada, porque es tan inmenso lo que estoy recibiendo de él, ¡es infinito! Lloro plena y realizada, ¡de puro contento! Nunca antes supe que se podía llorar así… son lágrimas transparentes y luminosas.

Útero a Útero
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